domingo, 15 de febrero de 2026
martes, 13 de enero de 2026
Antropología: Herramienta incómoda para políticos
En Bolivia, desde los espacios de poder se suele hablar en nombre de la cultura, pero rara vez se piensa con ella. Esta paradoja explica, en buena medida, la persistente desestimación de la antropología como herramienta crítica y de los antropólogos como mediadores para la comprensión y transformación de la vida social. La antropología es convocada, cuando mucho, como adorno discursivo, como legitimación simbólica o como recurso técnico secundario, pero no como un saber capaz de interpelar las bases mismas de proyectos políticos.
Esta desestimación no es accidental. La antropología incomoda porque recuerda que la sociedad no es un agregado de individuos homogéneos, sino una trama histórica de prácticas, sentidos y conflictos. Frente a la urgencia de la política por producir resultados inmediatos, la antropología introduce preguntas incómodas: ¿desde qué racionalidades se gobierna?, ¿qué formas de vida se reconocen como legítimas?, ¿qué memorias se activan y cuáles se silencian? Estas preguntas desbordan el cálculo electoral y cuestionan la pretensión de neutralidad del poder.
En el contexto boliviano, esta tensión es aún más evidente. A pesar del reconocimiento formal y transitorio de la diversidad cultural en las dos primeras décadas de este siglo, muchas decisiones políticas siguieron operando desde una lógica moderna y colonial que concebía la cultura como patrimonio, folklore o recurso identitario, pero no como campo vivo de producción de sentido y organización de lo político. La antropología, al insistir en esta dimensión, pone en evidencia la distancia entre el discurso plurinacional y las prácticas efectivas de aquel gobierno.
Actualmente, aquel reconocimiento formal de la diversidad cultural ha quedado sin efecto. La reposición simbólica de referentes impuestos durante el proceso colonial y republicano -desde noviembre 2025 a la fecha- por parte del gobierno de Rodrigo Paz, dejan muy claro el poder de la política señorial y el rol de la cultura dominante, no otra cosa significa la concepción de aquella diversidad proyectada desde un “Ministerio de Turismo Sostenible, Culturas, Folklore y Gastronomía”. Seguramente, ahora, además de los K’jarkas y los Caporales, la calle Sagárnaga y el Pique Macho servirán como mercancías para disputar con nuestros vecinos, la “cultura boliviana”.
Estos, entre otros, son los efectos problemáticos que devienen de la desestimación de la antropología en la formulación de políticas públicas desconectadas de la vida cotidiana. En general, se diseñan programas educativos, culturales o sociales sin comprender cómo se vive el tiempo, el trabajo, la autoridad, la comunidad en los territorios o la violencia en los hogares, las calles y oficinas. Cuando estas políticas fracasan, la responsabilidad se atribuye a la “falta de cultura” de la población, reforzando una mirada tutelar que reproduce la colonialidad del poder.
La antropología crítica ha mostrado, además, que lo político no se agota en el Estado. La dinámica festiva, los rituales, las prácticas comunitarias de organización y la vida cotidiana son espacios donde se produce política, se educan subjetividades y se disputan horizontes de sentido. Al ignorar estos ámbitos, la política institucional empobrece su comprensión de la sociedad y reduce su participación a mecanismos formales —orientados a la fetichización de la cultura desde la racionalidad dominante— que poco dialogan con la experiencia real de lo común. La mercantilización, folklorización y patrimonialización son ejemplos de este tipo de procesos instalados desde las estructuras de poder
Desestimar la antropología es, en el fondo, desestimar la complejidad de la vida social. Implica renunciar a comprender cómo se configuran las subjetividades, cómo se articulan las memorias colectivas y cómo emergen formas de reexistencia frente a la dominación. En un país como Bolivia atravesado por historias de colonialismo, desigualdad e inferiorización, esta renuncia no es menor: tiene consecuencias concretas en la reproducción de conflictos y exclusiones.
Por ello, pensamos que reincorporar la antropología al pensamiento político no significa tecnocratizar la cultura, sino asumir que gobernar implica escuchar, comprender y disputar sentidos. Sin esta mediación crítica, la política corre el riesgo de hablar mucho de los pueblos, pero cada vez menos con ellos y desde ellos.
viernes, 11 de julio de 2025
VIDA PASIÓN Y MUERTE DE ALFREDO DOMÍNGUEZ: BIOGRAFÍA ESCRITA POR SERGIO CALERO
El valor de la Biografía de Alfredo Domínguez
Durante varias décadas, como profesor universitario, no he dejado de preguntar a los estudiantes si conocen a algún artista de moda, inmediatamente, en todos los casos, ellos, empezaban a gritar nombres, como si fuera una disputa, luego, preguntaba. ¿Alguno de ustedes sabe quién es Alfredo Domínguez? La respuesta siempre fue un silencio absoluto, que me ayudaba a explicar, en pocas palabras, la importancia intelectual de su trabajo. Ahora, podré decir a mis futuros estudiantes, tienen que leer la biografía de Alfredo Domínguez escrita por Sergio Calero… Gracias Sergio.
Por otra parte, aquellos pocos bolivianos que por alguna razón han conocido al músico y compositor, ya sea en círculos de personas que gustan de la música, o se dedican a ella, repiten, todavía, que Alfredo Domínguez fue parte de los Jairas. Pero también, el periodismo especializado que durante décadas ha cubierto programas de música nacional en televisión y radio, repite una serie de expresiones, que no coinciden con la historia y la vida de Alfredo. En estos contextos, podemos decir a estas personas: tienen que conocer la biografía de Alfredo Domínguez escrita por Sergio Calero… Gracias Sergio.
Además, actualmente, en este tiempo en el que algunos productores de artes plásticas en Bolivia mercantilizan al extremo los colores y fetichizan los simbolismos andinos. Y, a contracorriente, hay jóvenes que se están abriendo a la pintura, el grabado o la escultura, sin estudiar la plástica de Domínguez, peor aún, sin conocer su historia y sin tener idea que sus grabados son parte de colecciones importantísimas en países del norte. Se hace necesario decir: tienen que leer la biografía de Alfredo Domínguez escrita por Sergio Calero… Gracias una vez más Sergio.
El libro que se presenta esta noche, si nos dejamos guiar por el índice, aparenta un recorrido lineal, que empieza en Tupiza y, recorre diferentes momentos de la vida de Alfredo, hasta su partida. Pero, no se equivoquen, el contenido de esta biografía permite, a través de una narrativa compleja, conocer diferentes mundos y distintos lugares, situados en contextos y temporalidades específicas, que acercan al lector a varios acontecimientos suscitados en Bolivia. Este recorrido, no lineal, más bien sinuoso, permite asimilar una historia no contada de la segunda mitad del siglo XX en Bolivia. Aquella que le tocó vivir más de cerca a Domínguez.
La importancia del trabajo de Sergio no solo radica en los contenidos magistralmente expuestos, además, se trata de un abordaje de Estudios Culturales en el que se explica la realidad, en este caso, la de Alfredo, en el cruce entre política y cultura. Quien, se ha ocupado de poner en contexto, musical, cultural, social y político, todos los momentos que él ha querido contarnos de la vida de Alfredo. Hay varios, aquí refiero dos: Asimilar la importancia de “Vida pasión y muerte de Juan Cutipa”, conociendo el contexto político del país, la presidencia de Barrientos, la guerrilla de Ñancahuazú y el rol de los mineros en aquel momento histórico, posterior a 1952.
Por otra parte, no se puede entender la grandeza de nuestro guitarrista y compositor, si no conocemos su relación con Gilbert Fabre, pero, más allá todavía, cómo podríamos imaginarnos a Fabre sin conocer su relación con Violeta Parra, quien gatilla su llegada a Bolivia. En esta parte el libro nos lleva a Francia y a Santiago, en Chile donde Violeta administraba una carpa para realizar una serie de actividades culturales contrahegemónicas. Aquí se develan, además, esos lazos profundos que argentinos, chilenos y peruanos tienen con nuestro país.
Breve homenaje al epistemólogo de los Andes bolivianos
Alfredo fue y siempre será…
Alfredo es…
Su copla rompe las rocas
Del egoísmo adormecido
Despertando a momentos
Nuestras solidaridades dormidas
Alfredo fue y siempre será…
Alfredo es…
Desde el oscuro profundo
Se oye el canto que nos toca
hasta el más fuerte agoniza
Porque el misil va sin prisa
Alfredo fue y siempre será…
Alfredo es…
Con sonrisas e ironías
Entregó versos al mundo
Lanzados con melodías
Y sueños desde de otros mundos
Alfredo fue y siempre será…
Alfredo es…
El poder está en problemas
Los pueblos no se están callando
Y él con su leve sonrisa
sabemos, se está alegrando
Alfredo fue y siempre será…
Alfredo es…
Con sonidos de esperanza
Y con rigor va diciendo
Basta de fabricar balas
Mis hermanos se están muriendo
viernes, 20 de junio de 2025
Marketing y poder: cuando gobernar se vuelve sexy
En este contexto, gran parte de quienes hoy acceden al poder no lo hacen por vocación de servicio ni por capacidades de liderazgo, solidaridad o compromiso con la población, sino por su capacidad económica y su interés en multiplicar ese capital. Para ellos, el acceso al poder se convierte en una inversión: costosa en el corto plazo, pero altamente rentable una vez conquistadas las estructuras del Estado. Este proceso suele estar mediado por empresas de marketing político que asumen, incluso, la tarea más compleja: pensar por el candidato. Esta lógica empresarial del poder, generalizada en estos tiempos, se traduce, inevitablemente, en un mayor despojo para los sectores más vulnerables.
Así, el candidato y su entorno más cercano pueden limitarse a esperar, cómodos y en silencio, los resultados de una estrategia diseñada por otros. Entre estos resultados figura la elección de la o del acompañante de fórmula, es decir, el o la vicepresidenta. Ejemplos concretos de este tipo de decisiones abundan en la historia política reciente del país. Basta con recordar quiénes ocuparon ese rol en elecciones anteriores.
En 1997, Víctor Hugo Cárdenas fue clave para asegurar la victoria del MNR, aportando legitimidad simbólica a una candidatura cuestionada. Años más tarde, el 2002, Carlos Mesa cumplió un rol similar al darle una imagen renovada a la candidatura de Gonzalo Sánchez de Lozada. En este último caso, el marketing político no solo operó como una herramienta de persuasión electoral, sino que también fue instrumental en desplegar una intensa campaña de desinformación y guerra sucia, que terminó por neutralizar a Manfred Reyes Villa, quien lideraba las encuestas hasta poco antes de los comicios.
Del mismo modo, en las elecciones de 2005, la periodista María René Duchén fue presentada como candidata a la vicepresidencia por Acción Democrática Nacionalista, partido liderado entonces por Jorge “Tuto” Quiroga. En todos estos casos, fueron las empresas de marketing político las que se encargaron de realizar estudios de opinión y encuestas para determinar qué figuras generaban mayor aceptación entre el electorado. La selección de los acompañantes de fórmula dejó de ser el resultado de una afinidad ideológica o de una construcción programática conjunta, para convertirse en una decisión estratégica basada en cálculos de rentabilidad electoral.
En la actualidad, esta lógica de rentabilidad electoral sigue operando con fuerza en la selección de candidatos. Como muchos de ellos están completamente desvinculados de la vida cotidiana de los bolivianos de a pie, prefieren delegar a los “profesionales” del marketing político la tarea de pensar por ellos. Por eso no debería sorprendernos que varios de los actuales candidatos a la vicepresidencia hayan regresado al país tras años de ausencia, no solo territorial, sino —y sobre todo— de la realidad boliviana. Otros, en cambio, han sido elegidos por su supuesta experticia en generar emprendimientos, convencidos de que gobernar implica, ante todo, volver más sexy el trabajo en el Estado.
En este panorama, el votante queda atrapado entre campañas cuidadosamente diseñadas para seducir mediante figuras que, en el fondo, no representan más que intereses ajenos a la producción y reproducción de la vida del boliviano común, y otras que son producto de una improvisación extrema. La política, en el modo en el que están asumiendo estos actores, ha sido reducida a espectáculo y cálculo, además ha perdido toda capacidad de transformación real. Frente a esta realidad, tal vez haya llegado el momento de replantearnos no solo quiénes son los candidatos, sino desde dónde vienen, a quién responden y, sobre todo, si son capaces de pensar por sí mismos… o al menos con algo de cercanía a la vida de la mayoría de los bolivianos.
sábado, 14 de junio de 2025
Queremos el poder… ¿y después qué?
En tiempos antiguos, ciertas catástrofes naturales o conflictos armados dejaban a los grupos humanos en situaciones de despojo y vulnerabilidad. En tales circunstancias, se volvía indispensable la figura de un líder: alguien con el valor de enfrentar lo desconocido y la intuición necesaria para vislumbrar una posible salida. En muchos casos, la solución implicaba el inicio de un éxodo, es decir, la búsqueda de un nuevo lugar que hiciera posible la continuidad de aquella comunidad.
Al mismo tiempo, ese líder, acompañado por un núcleo cercano conformado por unas cuantas personas, debía generar esperanza para garantizar la cohesión del grupo mayor y su posibilidad de supervivencia. De este modo, la figura del líder no actuaba en soledad, sino que era sostenida y legitimada por una narrativa que ofrecía sentido y proyectaba un horizonte posible. Así nacieron los mitos: relatos fundacionales que, durante mucho tiempo, articularon a líderes y comunidades en procesos colectivos de reproducción de la vida. Líderes, mitos y grupos humanos conformaron, así, entramados simbólicos que hicieron posible la continuidad y transformación de las sociedades.
Actualmente, en algunos casos son líderes, y en otros simplemente personas con cierto tipo de capital —especialmente económico— quienes, junto a sus círculos más cercanos, producen narrativas e incluso mitos que les permiten acceder al poder o mantenerse en él. Sin embargo, en muchos de estos casos, la reproducción de la vida no constituye una prioridad; por el contrario, se evidencia que es precisamente lo que menos importa.
En la Bolivia actual, atravesamos una catástrofe que responde, en gran medida, al tipo de subjetividad con la que están constituidos los actores directos del campo político. A ello se suman múltiples conflictos que están derivando en una espiral de violencia, donde ya se evidencia el uso de armas de fuego y un clima de confrontación creciente. En este escenario, sobresale el deseo desmedido —casi angurriento— de los candidatos presidenciales por acceder al poder, impulsados más por intereses personales o corporativos que por el bien común. Esta situación, ampliamente expuesta en los medios de comunicación, pero poco asimilada por los seguidores de los distintos candidatos, no ofrece ninguna salida visible a la catástrofe en la que nos encontramos.
Si lo que vivimos es una catástrofe que expresa el fracaso de una forma de hacer política, quizá ha llegado el momento de preguntarnos por otras formas de organización, otras subjetividades y otras prioridades. Es necesario volver a poner la vida —no el poder, no el capital, no la fama ni el ego— en el centro de la acción política. De lo contrario, la espiral en la que estamos inmersos no hará más que profundizarse, arrastrándonos a todos, incluso a quienes hoy se sienten ganadores.
miércoles, 31 de enero de 2024
Diego Echevers: El ojo terco y la mirada profunda
A partir de
considerarnos sujetos, asumimos un lugar para el estar del ser en esta
vida y proyectamos horizonte, antes
de eso somos asumidos por otros, desde su ser,
ajeno al nuestro y desde su horizonte,
distinto al de nuestras vidas. Tal vez por eso lo central de la Morenada no era
Cocani y su horizonte, no era el centro,
del poder, del ego, del individuo solipsista, el que vaciaba nuestras vidas.
Por ello,
cuando “el Buho”, don Félix Cayoja Copa, cuenta que en 1992 “decidimos
denominarnos Cocani”, nuestro estar
encontró su ser y se proyectó un horizonte
de sentido para la vida, desafiando a un tiempo y espacio establecidos. Así,
desde la lógica del yanantin, insurgente,
los de arriba y los de abajo, no solamente descentraron el centro, sino que lo
desplazaron, como taypi para el tinkuy.
Y se puso
en evidencia la dicotomía centro-periferia relacionada con el espacio, ese que nos
remonta a la lógica del sujeto racional, que orienta el tiempo desde el
presente hacia el futuro. Entonces cuando el ser ajeno, desde su horizonte racional orienta nuestras vidas,
nuestro pasado desaparece, porque sólo le interesa el presente y el futuro. Entonces,
nuestros ajayus, fracturados, sin un
pasado, se incomodan, se exaltan, se alborotan, el espacio se conflictúa, el
tiempo se acelera y el presente se vuelve intenso.
Pero,
cuando los presentes son intensos, a veces, se sostienen en el tiempo y el
futuro deja de ser incierto y las personas que conjuraron aquel presente
intenso cambian la historia, producen horizontes de sentido posible para los
“presentes futuros” y se convierten en héroes, como todos y todas a las que se
nombra en este libro, aquellos y aquellas que enfrentaron al sujeto racional
desde la lógica del yanantin y,
llegado el momento, asumieron la ch’axwa
como posibilidad insurgente.
Todo
eso nos está contando: “Cocani, más allá de la Morenada Central”. Nos muestra
un presente intenso, el de 1992, que sigue latiendo vertiginosamente, como
aquella noche en la que cerraron trato con don Sinforiano, de la Poopó. Para
que, por la insurgencia de la Comunidad Cocani, se constituya el sujeto festivo, desde nuestros pasados,
traídos de Cairiri, Paruta, Puchu, Jajnuni, Agua
Rica y Yacariri, como cuenta David. Así, siendo Cocani o sin
serlo, pero con respeto profundo, nos encontramos al lado de la “Mama Coca”. A pesar de todo, a pesar de
ese ser ajeno, que no conoce la
práctica del ayni, ni la lógica del yanantin, incrustado todavía hoy en la
comunidad Cocani.
Años
después, el pasado, el de la cámara
Hasselblad modelo 500 CM del año 1956 y el de las películas Kodak
e Ilford (120), volvieron a reflejar tejidos de lana de vicuña; chales, mantillas, ponchos y
matracas, que nos cantan, siempre junto al Jach’a,
“coca no es cocaína, coca no es cocaína”. Porque desde
el ojo terco y la mirada profunda de Diego Echevers, como memoria obstinada, testaruda,
tozuda, pero también tenaz, cerrando el primer cuarto del siglo XXI, el
horizonte de sentido Cocani y su
historia ancestral, nos habla y nos interpela, con la intención de trascender al
sujeto racional, que nos inunda con imágenes digitales, con tejidos
artificiales y con administraciones corruptas.
Por todo esto, muchas gracias a todos y todas los y las que hicieron posible la Comunidad Cocani en Oruro, pero también gracias a los que están haciendo posible la existencia física de “Cocani, más allá de la Morenada Central”, porque leerlo o mirarlo, servirá para evitar extravíos y ayudará a pensar un nuevo presente, desde la práctica del ayni y la lógica del yanantin, por los próximos cien años.
¡Jallalla Cocani!




