domingo, 1 de noviembre de 2026
Reproducir la vida o monetizar la diferencia
martes, 6 de octubre de 2026
Los Juegos Mundiales Nómadas
Publicado en "El Duende" 04 de octubre de 2026
Si tomamos en cuenta que en Grecia los Juegos Olímpicos antiguos estaban vinculados a prácticas religiosas, festividades, ciudades-Estado y concepciones específicas del cuerpo y de la ciudadanía y posteriormente, a fines del siglo XIX, fueron reconstruidos en un contexto completamente diferente. Entonces sería más preciso hablar de una reapropiación moderna de Grecia. Esto quiere decir que la Modernidad Occidental no hereda Grecia, más bien, construye una determinada imagen de Grecia que necesita para narrarse a sí misma.
En el proceso de colonización de occidente hacia el resto del mundo, Grecia quedó como la marca de origen, incluso para el deporte. En Bolivia, el deporte moderno, como parte del sistema educativo, no es simplemente ejercicio físico. La forma moderna del deporte incorpora elementos como: competencia, medición, comparación, récord, clasificación, disciplina corporal, reglas universales, rendimiento individual, superación, cuantificación del resultado.
Y, al lograr que las Olimpíadas modernas lleven estos elementos a una escala mundial, el cuerpo termina convertido en un espacio donde se expresan valores que también son centrales para la modernidad: disciplina, rendimiento, competencia, medición, superación, reconocimiento. Esto permite establecer una relación con la escuela moderna. Tanto la educación como el deporte producen sujetos que aprenden a medirse, compararse, clasificarse y superarse dentro de reglas previamente establecidas. Entonces, si la escuela moderna disciplina la inteligencia y el deporte moderno disciplina el cuerpo, así, el deporte, al interior de la escuela completa el horizonte de sentido histórico buscado por el proyecto de la Modernidad Occidental.
En este contexto. ¿Qué es lo que nos sugieren los VI Juegos Mundiales Nómadas que se realizaron en Kirguistán entre el 31 de agosto y el 6 de septiembre de este año, en el que participaron más de 100 países, con unas 43 disciplinas vinculadas a prácticas nómadas conectadas con sus propias cosmovisiones y un programa paralelo de actividades culturales, científicas y etnográficas; que coincidió con la reunión de la Organización de Cooperación de Shanghái en Bishkek, a la que asistieron varios jefes de Estado?
Si tomamos en cuenta que la primera convocatoria a estos juegos también fue en Kirguistán en 2014 y, posteriormente, fueron creciendo: Turquía los organizó en 2022, Kazajistán en 2024 y nuevamente Kirguistán en 2026. Entonces, podemos decir que algo está cambiando en el mundo para el siglo XXI. Vemos un conglomerado de países -no pocos- que se reúnen a decir: “Estos son nuestros juegos, pero también, esta es nuestra manera de organizar el cuerpo, la competencia, la relación con los animales, la memoria, la comunidad, el territorio y la celebración”.
De pronto y sin aviso, aparece una forma de existencia humana que, ella misma, se da permiso para seguir siendo existente. El caballo, la lucha, el tiro con arco, los juegos estratégicos, las formas de sociabilidad, las vestimentas, las músicas y otras prácticas nómadas son reinscritas en un escenario contemporáneo y global para decirnos: “esto puede constituirse como una forma contemporánea de presencia en el mundo”.
Sin embargo, esto no quiere decir que estos Juegos Nómadas y sus culturas se puedan convertir en un gran escenario de consumo capitalista cultural global en el mejor estilo instalado por la Modernidad Occidental, no solo consintiendo sino tal vez promocionando la presencia del «ethno-village», las artesanías, gastronomía, vestimentas, música y reconstrucciones de formas de vida nómada, mostrando precisamente esa ambivalencia en la que las sociedades actuales se desenvuelven. Con todo esto: ¿Qué podríamos decir desde Bolivia? ¿Desde sus ayllus, markas y tekoas?
domingo, 6 de septiembre de 2026
Gestión cultural y dinámicas interculturales
Publicado en El Duende 06 de septiembre de 2026
Escuché decir hace algún tiempo que “algunas élites en América Latina estudian ruso para leer a Dostoyevski en la lengua de origen”. Esta idea, así como llama la atención por la importancia del conocimiento para algunos círculos sociales, hace también referencia a la relación entre lengua y cultura. En ambos casos, el acceso al conocimiento y la apertura a un nuevo universo cultural a través de una lengua, se visualiza un proceso de gestión aprendido y reproducido al interior de algunos círculos familiares, cada vez más escasos en nuestro país.
Estas élites, que aprendieron las lenguas extranjeras y se familiarizaron con las culturas del Mediterráneo, cuando les tocó administrar la República privilegiaron el ámbito económico. La historia de la gestión cultural en nuestro país revela el menosprecio constante al reconocimiento de las dinámicas culturas locales y una concepción decimonónica de la cultura pensada como civilización.
Durante más de un siglo se priorizó la gestión educativa orientada a “civilizar” a las culturas locales. En todo ese tiempo, la orientación de las políticas públicas asumió la educación por encima de la cultura. Para aquella visión de país no fue necesaria una cartera de Estado que se ocupe de las culturas. Bastaba con la administración de algunos espacios en los cuales se puedan difundir ciertas prácticas artísticas: teatro, literatura, artes plásticas y música.
Mientras tanto, las dinámicas interculturales producidas desde las propias bases sociales —con sus contradicciones, limitaciones y conflictos— fueron construyendo formas de coexistencia entre grupos culturalmente diferenciados. Estas dinámicas no fueron resultado de una política estatal sostenida, sino de la capacidad de las propias sociedades para relacionarse, negociar, disputar y producir espacios comunes a pesar de las diferencias y desigualdades históricamente existentes.
En las últimas décadas se creó el Ministerio de Culturas, una instancia estatal que, sin embargo, no estuvo a la altura de la complejidad de esas dinámicas sociales. Su existencia no logró generar las condiciones necesarias para que los bolivianos pudiéramos comprender, y mucho menos superar, los conflictos, diferencias y desigualdades que atraviesan nuestras relaciones interculturales.
El reciente cierre del Ministerio de Culturas, en noviembre de 2025, y su transformación en una “Agencia Nacional de Culturas y Turismo”, en agosto de 2026, durante el gobierno de Rodrigo Paz, no deberían entenderse como hechos administrativos aislados. Lejos de comprender aquel problema, constituyen, más bien, la expresión de una lógica que continúa desestimando la complejidad de la vida social y que pone en evidencia la degradación intelectual con la que determinados sectores gobernantes abordan la cuestión cultural.
Esta transformación corre además el riesgo de profundizar procesos ya existentes de folklorización, patrimonialización y mercantilización de las prácticas culturales, al desconectarlas de los espacios sociales en los que adquieren sentido y de las racionalidades históricas que las sostienen. Cuando las prácticas culturales vivas son separadas de sus memorias, de sus territorios y de las comunidades que las reproducen, pueden convertirse en objetos susceptibles de ser empaquetados, promocionados y comercializados en el mercado turístico, incluso para disputar consumidores y visitantes con los países vecinos.
Reducir la gestión especializada de las culturas a una agencia o a una dirección general no constituye, por tanto, solamente un cambio administrativo. Implica anular la capacidad estatal de rectoría, planificación, investigación, articulación territorial y asignación de recursos. Pero, sobre todo, supone relegar la posibilidad de comprender los procesos conflictivos de interculturalidad que atraviesan la sociedad boliviana y que deberían constituir la base para la construcción sostenida de políticas públicas relacionadas con las culturas. Posibilidad que en la historia de Bolivia siempre estuvo ausente.
martes, 11 de agosto de 2026
Educación y formas de existencia
En el debate
público boliviano, la educación suele pensarse como un asunto técnico y la
política como un campo institucional separado de la vida cotidiana. En medio de
esta división artificial, la familia queda relegada al ámbito de lo privado,
como si no tuviera ninguna incidencia en la formación de lo político. Sin
embargo, desde una mirada antropológica crítica, esta separación resulta
insostenible: educación, familia y política forman un entramado inseparable en
la producción de subjetividades y sentidos de lo común.
La familia es
el primer espacio educativo, no porque enseñe contenidos formales, sino porque
transmite formas de estar en el mundo. Allí se aprenden nociones de autoridad,
reciprocidad, jerarquía, cuidado, conflicto y pertenencia. Estas experiencias
tempranas configuran disposiciones que luego se reproducen, se refuerzan o se
tensionan en la escuela, la universidad y el espacio público. Ignorar este
proceso implica reducir la educación a un simple mecanismo de instrucción y la
política a una práctica ajena a la vida cotidiana.
La educación
formal, lejos de comenzar desde cero, se apoya sobre esta base previa de
socialización. No obstante, la escuela moderna ha tendido a negar esta
continuidad, imponiendo un modelo educativo que desvaloriza los saberes
familiares y comunitarios, especialmente cuando estos no se ajustan a la
racionalidad moderna-colonial. En este gesto se produce una ruptura: el sujeto
aprende que lo que trae de su experiencia familiar no es conocimiento, sino
obstáculo. Así, la educación contribuye a la fragmentación de la subjetividad y
a la deslegitimación de las formas propias de vida.
Desde esta
perspectiva, la relación entre educación y política no puede limitarse a la
formación de ciudadanos formales. La política se aprende —y se ejerce— mucho
antes de la participación electoral. Se aprende en la manera de resolver
conflictos en el hogar, en la distribución de roles, en las prácticas de
solidaridad o exclusión, en la relación con la autoridad y en la forma de
concebir lo común. La antropología permite visibilizar que lo político se
produce en la cotidianidad, y que la familia es uno de sus escenarios
fundamentales.
En los
contextos andinos, esta relación adquiere una densidad particular. Las
prácticas comunitarias, los rituales, las fiestas y las formas de organización
familiar enseñan una política de la vida común basada en la reciprocidad y la
continuidad colectiva. Estas pedagogías, sin embargo, han sido sistemáticamente
subestimadas por el Estado y por los sistemas educativos, que privilegian una
formación orientada al individuo y al éxito personal.
Pensar la
educación desde la relación entre familia y política implica asumir que formar
no es solo transmitir conocimientos, sino orientar formas de existencia.
Implica reconocer que no hay neutralidad posible: toda educación refuerza o
cuestiona un orden social determinado. Recuperar esta relación es una condición
para una educación que no reproduzca la colonialidad del saber ni la
fragmentación social, sino que habilite procesos de reexistencia y producción
crítica de lo común.
En última
instancia, sin una comprensión profunda del vínculo entre educación, familia y
política, seguiremos diseñando políticas educativas que hablan de
transformación, pero que desconocen los lugares donde esa transformación
comienza realmente: la vida cotidiana.
domingo, 5 de julio de 2026
Racionalidades y conflictos
Publicado en: "El Duende" 5 de julio de 2026
Durante décadas
se nos ha hecho creer que la educación es un proceso universal, neutro y
técnicamente transferible. Bajo esta premisa, los sistemas educativos han sido
diseñados como si los sujetos que aprenden fueran homogéneos, ahistóricos y
culturalmente indiferenciados. Sin embargo, la antropología nos recuerda algo
profundamente incómodo para este relato moderno: no hay educación sin cultura,
ni cultura sin relaciones de poder. Toda práctica educativa está conectada con
un lugar, responde a una historia concreta y expresa un proyecto político, aun
cuando se presente como puramente técnica.
En Bolivia, la
escuela y la universidad han operado, en muchos casos, como dispositivos de
homogeneización cultural. A través de currículos, lenguajes y criterios de validación
del conocimiento, se han impuesto categorías ajenas a las experiencias
históricas de los pueblos, produciendo una forma de violencia simbólica que ha
sido normalizada en nombre del progreso y el desarrollo. La educación moderna
no solo ha enseñado contenidos, sino que ha formado sujetos que aprenden a
verse a sí mismos desde parámetros externos, muchas veces negando su propia
memoria cultural.
Hace poco,
Laura Arroyo, una periodista peruana en el programa “La base” —“Canal Red” en
YouTube—, destinado a comprender el racismo, hacía referencia desde su propia
existencia al proceso que le toca vivir a una persona racializada, refiriéndose
a ella misma decía: “Lo dice una persona racializada que de niña no se
preguntaba por qué me llamaban chola de forma despectiva en el colegio, sino,
cómo hacer para no ser chola al mirarme al espejo…”
La antropología
permite desarmar esta ficción universalista —de asumir lo que somos desde la
lógica de los que detentan el poder— al mostrar que toda educación responde a
un proyecto de sociedad. No existe educación inocente: detrás de cada programa,
cada evaluación y cada jerarquización del saber, se juega una concepción
específica del mundo y del sujeto. Cuando se educa sin reconocer los contextos
culturales concretos, lo que se reproduce no es simplemente ignorancia, se pone
en juego sobre todo la colonialidad del saber, es decir, en el caso de un país
como Bolivia se da la subordinación sistemática de formas locales de
conocimiento —que han sido negadas sistemáticamente— frente a un canon
presentado como universal.
Este problema
no se reduce a la inclusión de contenidos “locales” o “culturales” dentro del
sistema educativo. La cuestión es más profunda: se trata de interrogar qué tipo
de sujeto se forma y para qué mundo. ¿Se educa para la competencia individual o
para la vida en común —en comunidad—? ¿Para la adaptación al orden existente o
para la capacidad crítica de transformarlo? ¿Para la repetición de saberes
consagrados al desarrollo y progreso o para la producción de conocimiento que
aporte a la producción y reproducción de la vida?
Desde una
antropología crítica —para la reexistencia—, educar no puede significar
integrar al supuesto “atrasado” a un modelo previamente definido como superior.
Esa lógica reproduce la jerarquía colonial bajo nuevas formas pedagógicas.
Educar, más bien, debería implicar una disputa por el sentido del conocimiento,
por los criterios de verdad y por las formas legítimas de aprender y enseñar.
En este sentido, la antropología no aporta simplemente herramientas metodológicas, sino una crítica radical al imaginario educativo moderno. Nos obliga a reconocer que existen distintas racionalidades, diferentes pedagogías y múltiples formas de producir sentido. Asumir esto no debilita la educación; por el contrario, la vuelve más honesta, eminentemente política —en su sentido amplio— y, sobre todo, más comprometida con la dignidad epistemológica de los pueblos. Entonces, educar no es universalizar, es asumir el conflicto, la diferencia y la historicidad como condiciones inevitables de toda práctica verdaderamente transformadora.
domingo, 7 de junio de 2026
Espacio, tiempo, sentido y legado: A propósito de La hija cóndor
Título: Mama; Autor: Lugui 94; Año: 1980
Publicado en: "El Duende" 7 de junio de 2026
La necesidad de seguir pensando educación y antropología nos llevó esta vez a mirarnos en una película, en un momento político en el que, nuevamente, los bolivianos atizamos el fuego de espaldas a la realidad. Y La hija cóndor, dirigida por Álvaro Olmos Torrico, nos devuelve la posibilidad de situarnos frente a esa realidad para comprender que no es única ni lineal; que no tiene una dirección correcta o incorrecta y que tampoco está cerrada a las transformaciones.
La película nos muestra que las renuncias y las concesiones siempre son necesarias porque lo más valioso en este lugar —de montañas, quebradas, ríos, valles y llanos, arrullado por melodías de todas las formas y colores— es la vida. Una vida que se renueva en cada ciclo: con las nuevas papas, las nuevas autoridades, los nuevos pasantes —en “las mismas” fiestas—, las nuevas parteras y las nuevas wawas. Ellas, en poco tiempo, serán autoridades, pasantes y tal vez parteras, convirtiéndose en guardianas y guardianes de la vida y de su ciclo de reproducción, inseparable del paisaje, de las plantas, de los animales y de los seres tutelares.
Pero, para que esto sea posible, hay que saber comprender nuestro legado, tarea difícil si no transitamos otros espacios y no asumimos nuestro tiempo. No importa si orientamos nuestros caminos en direcciones aparentemente erradas: los caminos siempre tienen doble sentido y, si nos alejamos, siempre podemos volver.
El trabajo de Olmos interpela precisamente por eso. Espacios, tiempos, sentidos y legados articulan una narrativa clara, crítica y necesaria en tiempos de polarización lineal, reducida a dos extremos pretendidamente únicos, nada menos real que eso. La película nos muestra múltiples posibilidades en la vida cotidiana de la ciudad de Cochabamba y sus áreas rurales.
Entre muchas de ellas, salir de la comunidad puede significar la posibilidad de una nueva vida: seguir camino a otra ciudad e ingresar en el itinerario de la “cholita” que, transformada en “chota”, será luego “birlocha”. Pero también puede ocurrir que aquella pollera, que no puede resistir en la ciudad, sino que reexiste; que se oxigena con otros aires y que, cambiada por un jean e impulsada por la experiencia urbana, encuentra la forma de volver al camino, reorientar el sentido de su presente desde el horizonte del futuro y asumir el legado del Cóndor —la Madre Partera—.
Dos ciclos distintos, dos tiempos distantes, dos vidas conectadas, aunque pertenecientes a generaciones diferentes. La madre ejerciendo su legado desde toda una vida de experiencia. La hija, escogida por el rayo, asumiendo su aprendizaje, pero también su hambre de mundo, como toda joven. Un presente que, como cualquier presente, se mueve en múltiples direcciones.
Madre e hija —Ana, la partera, y Clara, su hija— asumen su momento en la vida con coherencia respecto de su legado. Ana, como madre, cumple el deber de otorgar a su hija la libertad de elegir su camino; como partera, asume el agotamiento de su cuerpo y de su tiempo. Clara, en cambio, avanza a contracorriente: cambia el sentido de lo establecido, orienta su retorno —insurgente— como el nuevo cóndor capaz de surcar —para ella— cielos todavía desconocidos.
Así, todos transitamos por los espacios que nos toca transitar. Para ello orientamos el sentido de nuestros caminos, aunque a veces, nuestro tiempo, nos permite volver sobre nuestros pasos. Porque el compromiso ético y político del legado recibido orienta y organiza ese retorno: el de la hija cóndor, el nuestro, y tal vez el tuyo.
Educación: Para no convertir todo en recurso
Publicado en "El Duende" el 3 de mayo de 2026
¿Turismo sostenible o sostenibilidad de la vida?
Desde fines del siglo XX, la noción de sostenibilidad se ha convertido en un eje central del discurso turístico global. Al mismo tiempo que organismos internacionales, responsables del capital transnacional y Estados la presentan como la solución ineludible para compatibilizar crecimiento económico, conservación ambiental y bienestar social.
La certidumbre de esta posibilidad es casi generalizada, transita desde las ideas de Elon Musk hasta las del actual ministro de la Presidencia, José Luis Lupo y todos los personeros del gobierno de Rodrigo Paz, pasando por ciudadanos con mucho menor poder que los anteriores. Sin embargo, vista desde una crítica al desarrollo y a la modernidad, la categoría sostenibilidad aparece menos como una alternativa real y más como una estrategia de re-legitimación del mismo modelo que ha producido la crisis ecológica y social, nos referimos al proyecto de la Modernidad.
Tampoco hay que olvidar que el turismo moderno nace y se expande como parte del proyecto desarrollista moderno. Se funda en la mercantilización del territorio, la cultura y la experiencia, transformando paisajes, prácticas sociales y memorias en recursos consumibles. En este marco, la sostenibilidad suele reducirse a un conjunto de indicadores técnicos —huella ecológica, capacidad de carga, certificaciones verdes— que no cuestionan la lógica de fondo: la expansión constante del mercado turístico y la subordinación de la vida local a sus demandas.
Desde una comprensión crítica, el problema central no es la falta de sostenibilidad del turismo, sino la idea misma de desarrollo que lo sustenta. El discurso sostenible parte del supuesto de que es posible seguir creciendo indefinidamente, siempre que se gestione mejor el impacto. Esta racionalidad ignora que los territorios no son espacios vacíos ni los ecosistemas simples escenarios, sino tramas vivas donde se articulan relaciones sociales, espirituales y políticas. Al convertirlos en “destinos”, el turismo moderno despoja a los lugares de su densidad histórica y relacional.
En muchos contextos —andinos, amazónicos, chaqueños— urbanos y rurales, el turismo sostenible se presenta como una oportunidad de inclusión económica para comunidades consideradas “atrasadas”. Sin embargo, con frecuencia implica la reconfiguración de las formas de vida locales para ajustarlas a las expectativas del visitante. Rituales, fiestas y prácticas cotidianas son reorganizadas en función del consumo turístico, produciendo procesos de folklorización de la cultura que, lejos de fortalecer la vida comunitaria, la subordina a una lógica externa.
La crítica a la modernidad permite, entonces, replantear la sostenibilidad no como un problema técnico, sino como un problema político y civilizatorio. Sostener la vida no es lo mismo que sostener el mercado. La verdadera pregunta no es cómo hacer un turismo menos dañino, sino qué tipo de vida se quiere sostener y para quién. En este sentido, muchas prácticas comunitarias de cuidado del territorio, de reciprocidad y de uso no extractivo de los bienes comunes ofrecen horizontes alternativos que no encajan fácilmente en los esquemas del turismo sostenible institucionalizado.
Pensar la sostenibilidad desde fuera del paradigma del desarrollo implica desplazar el foco del crecimiento hacia la reproducción de la vida. Supone reconocer los límites ecológicos, pero también los límites culturales y políticos de un modelo que convierte todo en recurso. Solo desde esta ruptura es posible imaginar formas de movilidad, encuentro y hospitalidad que no se funden en la explotación, sino en la coexistencia y el respeto por los territorios como espacios de vida, no como mercancías.
domingo, 15 de febrero de 2026
Pensar la Educación




