Título: Aphtapi; Autor: Lugui 94; Año: 1981
Pensar la educación sin antropología es aceptar, casi sin cuestionamiento, la idea de que enseñar y aprender son procesos neutros, universales y técnicamente controlables. Sin embargo, la experiencia histórica de nuestras sociedades demuestra lo contrario: la educación es siempre una práctica cultural y, por tanto, profundamente política. La antropología no aparece aquí como una disciplina complementaria, sino como la condición necesaria para comprender qué se educa, cómo se educa y, sobre todo, para qué se educa.
Cuando un Estado diseña un sistema educativo, incluidos sus contenidos, didáctica, metodologías, etc. Estas definiciones responden a la premisa del para qué se educa. Es decir, responde a un objetivo que está directamente relacionado con el proyecto político asumido por los gobernantes. Y, este proyecto político que orienta al Estado no siempre es resultado de un proceso constituyente democrático. Un Estado puede ser el resultado de dinámicas de conquista y dominación, de centralización del poder, de burocracia-administrativa, de pactos o contratos, de colonización y estatalidad impuesta y de integración simbólica y cultural. Todo esto está presente en el actual siglo XXI en diferentes regiones del mundo.
La educación moderna, tal como se ha institucionalizado en América Latina y particularmente en Bolivia, ha sido parte de un proyecto civilizatorio que ha servido para separar el conocimiento de la experiencia, la razón de la sensibilidad y el progreso de la vida. En nuestro país, la escuela y la universidad no solo transmiten contenidos, sino que —además de manera mediocre— producen un tipo específico de sujeto: individualizado, competitivo y desarraigado de sus formas históricas de existencia. La antropología debería permitir desmontar esta naturalización y mostrar que aquello que se presenta como “normal” o “universal” tiene mucha relación con la consolidación de un proyecto político que orienta un horizonte de sentido específico: colonial y moderno.
Este desmontaje, al revelar que los procesos educativos formales se reproducen desconectados de la familia, la comunidad, las prácticas festivo-rituales, la vida cotidiana, las relaciones con el paisaje y la naturaleza, puede servir para poner en evidencia la invisibilización o encubrimiento de espacios en los que se aprenden valores, jerarquías, formas alternativas de autoridad y sentidos que orientan la trascendencia de lo común.
Es decir, ayudaría a orientar proyectos políticos distintos al dominante. En Bolivia, aquellos espacios, que al mismo tiempo contienen pedagogías no formalizadas, han sido sistemáticamente invisibilizados o —en algunos casos— reducidos a folklore y fetichizados como patrimonio, como si no produjeran conocimiento, sino simples expresiones sin densidad política. Actualmente como mercancías de ecosistemas culturales son empaquetados para venderlos al turismo.
Como consecuencia de esto, en los espacios formales de educación no solo se transmite cierto conocimiento, sino que se constituyen subjetividades. Es decir, se definen qué cuerpos son legítimos, qué lenguas son válidas, qué memorias merecen ser recordadas y cuáles deben ser olvidadas. Este tipo de procesos ha servido para subordinar otras racionalidades a un canon impuesto como universal.
Por ello, la importancia de la antropología para la educación no reside únicamente en aportar diagnósticos culturales, sino en reorientar el horizonte educativo, como posibilidad de transformación. Educar no puede seguir siendo sinónimo de adaptación a un orden dado, sino de producción crítica de sentido. Sin antropología, la educación corre el riesgo de seguir formando sujetos funcionales a un mundo que niega la diferencia y despoja a los pueblos de su capacidad de pensar desde sí mismos.
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