La Serranía Sagrada de los Urus es el testigo milenario, de la compleja dinámica festiva que a lo largo de siglos se ha ido sucediendo en su entorno. Urus, soras y kasayas, a su turno, fueron parte de procesos festivo-rituales, que constituyeron un tiempo celebratorio fundamental para el ciclo de la vida de estas culturas.
Así como la producción de conocimiento fue produciendo
mejores posibilidades de reproducción de la vida, los momentos celebratorios
acompañaban con la misma magnitud estos procesos. Aunque todavía no se sabe con
exactitud y detalle todo el proceso de experimentación genética, no existen
dudas de que a partir de una sola planta, denominada phaluma, se logró producir más de trescientas variedades de papa,
transformando a éste en el producto principal para la vida de la región, que se
constituyó en el articulador del ciclo de la vida y de la muerte en los Andes.
Así, el tiempo de la primera cosecha de la papa, conocida
como Anata en aymara y Pujllay en quechua, se convirtió en uno
de los momentos celebratorios más importantes de la región. Terminaban las
lluvias y se daba, como todavía se da en algunos lugares del altiplano andino,
el momento celebratorio del ciclo de la vida y la muerte, encarnado en el
nacimiento de las nuevas papas y en la muerte de las plantas que le dieron la
vida.
Morían las plantas, pero nacían las papas, las mismas que
servirán para que los humanos, nosotros, podamos reproducir la vida con el
alimento sagrado, que la Pachamama y
otros seres sobrenaturales nos entregan cada año en el tiempo de la cosecha.
Junto con estos seres, están también las almas de nuestros antepasados, incluso
nuestros muertos recientes, en su tránsito por el subsuelo, por el mundo oscuro
de abajo, en el que habitan el supay
y los saxras, entre otros.
En esta lógica y desde esta racionalidad, los muertos son
vitales, porque no se van, transitan por nuestro mundo. En el tiempo de la
fiesta de Todos los Santos, nos visitan, para luego ocuparse, en el subsuelo,
de la germinación de las alimentos hasta el tiempo de la cosecha, en la que,
junto con las papas, salen bailando al son de tarqueadas, pinkilladas y
de alegres melodías ejecutadas en charango; para luego de compartir la fiesta
con nosotros los vivos, continuar con su “viaje” al mundo de arriba, para
retornar en el siguiente ciclo. Así, la muerte es la continuación de la vida y
hay que celebrarla, de la mejor manera posible, incluso junto con nuestros
muertos que nos acompañan transitoriamente.
Estos procesos ancestrales fueron los que dieron origen a la
actual danza de los diablos, que los antiguos, todavía durante el momento
colonial, denominaban supay phista.
Ésta consistía en personificaciones de aquellos seres sobrenaturales, que en el
tiempo de la primera cosecha salían junto con las papas y con música aguda y
persistente y bailando junto con ellos, había que ahuyentarlos, para que no se
queden en el mundo de los vivos. Esta manera de ritualizar un tiempo, un lugar y
una divinidad, tiene directa conexión con los procesos insurgentes desplegados
en el siglo XVI con el Taki Onqoy, en
el que las divinidades abandonadas volvían a ocupar los cuerpos de aquellos que
realizaban el ritual y la danza.
Por eso en Oruro, los diablos diluyen el sentido maligno y
satánico de la concepción cristiana, se apoderan de la ciudad, de nuestros
cuerpos y nos hacen parte del ciclo de la vida y de la muerte. Aunque cada
diablo orureño tiene su propia comprensión de esta manera de ser “demonio
danzante”, a los pies de la Serranía Sagrada de los Urus, la misma que acogió con
reciprocidad y complementariedad a la “Virgen del Socavón” desde el siglo XVI y
se ha hecho parte de la vida cotidiana de los orureños.
Éste, es un proceso festivo en el que, así como lo bueno y
lo malo se diluyen, la vida y la muerte transitan juntas por estos días de
éxtasis, insurgencia y ritualidad festiva; al mismo tiempo que arribeños y
abajeños confluyen en el taypi[2]
para la fiesta, Ira y Arca[3]
de la zampoña entrelazan melodías
para la música, hombre y mujer se juntan para el baile, vivos y muertos se
juntan para el ritual y para que el ciclo de la vida se reproduzca, desde el
éxtasis, desde la insurgencia, desde la ritualidad.
El devenir de este proceso festivo de Anata, se fue matizando con la inclusión de la idea de fiesta
patronal, impuesta desde la lógica de Extirpación de Idolatrías producida y
desplegada en Europa por el Reino de España y con la reproducción de ciertos
matices del carnaval europeo, en su vertiente más encubierta, aquella menos
contestataria y más sumisa al poder imperial católico, la que hace más énfasis
en lo banal.
Actualmente, después de siglos y siglos de ritualizaciones
festivas, practicadas por Urus, soras y kasayas primero, aymaras y quechuas
después, españoles y europeos posteriormente; lo que pervive es la intensa
ritualidad que sienten los devotos de la Virgen y del Cerro y la hacen
explícita danzando a los pies de éstas deidades tutelares que durante todo el
año reciben “misas” y “mesas”[4]
y en tiempos de la primera cosecha reciben danza ritual.
Si bien los proceso de colonización del conocimiento han
intentado borrar esta dinámica ritual, hoy todavía mucha gente reproduce esta
ritualidad hacia la Virgen y hacia los cerros, sin distinción ni diferencia;
aunque otros segmentos de la población lo hacen de manera inconsciente. A pesar
del “bum” del turismo y de lo que esto conlleva, todavía están presentes
nociones de comunidad y de reciprocidad en algunos conjuntos y éstas sirven
para desplegar formas particulares al interior de la comunidad humana, pero
también con la naturaleza y con los seres sobre naturales, de los que son parte
nuestros muertos.
La relación del orureño con su fiesta, el “carnaval” es
bastante particular y no se la puede entender a través del televisor o desde
las graderías y tampoco viniendo por tres días para bailar en la Entrada. Es en
el día a día, durante todo el año que se logra la comprensión del éxtasis, la
insurgencia y la ritualidad festiva y por esto, el momento de la danza es un
encuentro con lo profundo, que en términos de lo particular cada danzante tiene
su propia explicación, pero en términos generales se trata de un dar y recibir
se trata de un entregar y ser entregado, para y por la vida, en la que la muerte
también es parte. Será por esto que en Oruro a los diablos se los entierra
bailando “diablada” y muchos de ellos expresan que su mayor deseo es morir
bailando, para que se los entierre en el momento de la fiesta.
[2] Es
el centro ritual de encuentro de las parcialidades, que generalmente aglutina a
éstas en el momento ritual festivo del ciclo.
[3] Ira y Arca, son denominativos para las dos partes que componen el sicuri, más conocida como la zampoña, el Ira es la parte de siete tubos que se conoce como la parte de
arriba y el Arca es la parte de seis
tubos que se conoce como la parte de abajo.
[4] La
ritualidad en Oruro es compleja, así como muchos orureños asisten al Templo del
Socavón para ofrecer misas, los mismos orureños ritualizan en los cerros al
Sapo, a la Víbora, al Cóndor y a las Hormigas, con una Mesa blanca o una q’oa.

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